Maquetas y pinturas
Personalidad polifacética y prolífica, Jaume de Oleza es antes pintor que arquitecto o diseñador. Si fuera médico o notario también pintaría, pero quizás pintaría diferente. Es un pintor que es arquitecto o bien un arquitecto que es pintor. Da lo mismo. Pero creo que el oficio de arquitecto ha condicionado su pintura. Hay un puñado de arquitectos que pintan. Generalmente optan por la figuración y no me extraña. Aplican a la pintura los procedimientos analíticos y propositivos del proyectar. No hay diversión ni distracción. Saben lo que quieren y como lo quieren. No es el caso de Jaume. Jaume concibe deambulando. Sin modelo ni intención primera, sobre el tablero –así lo imagino– esboza y suelta una mano experimentada que la mirada experta sigue con una avenencia que no rechaza el azar, sino que lo integra. En sus cuadros, además de la manufactura que deja rastros, en la forma veo lógica, estructura, construcción e incluso, gravidez. No hay que buscar la firma para saber dónde es arriba o cuál es el lado derecho.
En cada caso y sin un propósito claro el deambular inicial tiende a la abstracción, que pronto viene pautada por tramas de grafito que confinan campos de formas diversas y límites que desdibuja la aplicación ya disciplinada del color, o no, con un resultado donde el observador podrá entrever lo que le plazca. Yo veo al Jaume que, sirviéndose del fragmento, evoca el paisaje de su tierra de ocres y azules de mar y cielo. Los colores y formas imborrables de sus paisajes mentales.
La pintura de Jaume es amable y es luminosa. Colgada en la pared no es una ventana, ni interpela el observador. Es sencillamente un rectángulo que irradia una realidad propia que inunda el espacio que lo rodea. Una rareza de la que quizás podría explicar el atractivo la mezcla insólita de la necesaria abstracción para comprender la esencia de las cosas con la tierna empatía de su representación.
La exposición actual es, entre otras cosas, sobre el fragmento. Las pinturas de pequeño formato me recuerdan las muestras de laboratorio preparadas para el microscopio. No llenan el formato. Algunas se escurren por los márgenes. Presentan analogías. Son obviamente estudios a la espera de incorporarse con voz propia en un discurso de otra escala. En gran formato salpican y escalan el conjunto ya conformado y sólido. Moscas de color que atraen la mirada y generan en el espectador los saludables porqués.
Un mundo aparte son lo que él denomina maquetas y a mí me cuadra más llamarlas cajitas, cajitas donde deposita en forma de collage materiales fragmentados de todo tipo, la organización del cual evoca a menudo, cuando no lo hace de forma explícita, alguna construcción arquitectónica. Quizás aquí el Jaume arquitecto se impone al pintor, pero siempre es el pintor quien acaba la obra y pinta donde haga falta la última palabra.
Enric Steegmann Arquitecto