Break before using
"Art moves you and design does not –unless it is a bus", este ingenioso comentario de David Hockney hace referencia a la vieja polémica sobre las diferencias entre arte y diseño. Actualmente esta cuestión, lejos de resolverse, se ha vuelto todavía más compleja como podemos constatar en el trabajo de Ana Mir, para quien el diseño no está reñido con la “emoción” (o conmoción) que produce el arte; un diseño que provoca experiencias emocionales (constructivas y fecundas) y da lugar a reflexiones sobre lo cotidiano y lo íntimo no exentas de humor e ironía.
Esta zona de contacto que se ha abierto recientemente entre diseño y arte se podría explicar a partir de la noción de “valor de exposición” que ha asumido como propio un cierto tipo de diseño, y que prevalece sobre el “valor de uso”, que tradicionalmente era su razón de ser. Este “valor de uso” ligado a las teorías funcionalistas del diseño demostró ya sus limitaciones a finales de los años 60, especialmente en Italia, cuando se reivindicó la decoración, lo simbólico, lo lúdico, lo disfuncional, lo totémico...; esto no siempre ha sido entendido por la industria o los usuarios y ha dado lugar a que objetos como los que presenta Ana Mir (que podrían perfectamente ser producidos en serie) no realizen el recorrido “normal” de un producto industrial, y se conviertan en piezas únicas o en pequeñas series que pasan directamente del estudio o taller a la galería, al museo o a las revistas especializadas. De este modo la exposición se convierte en un “medium” de expresión del diseñador y los objetos allí presentados pasan a convertirse, mediante la incorporación del “valor de exposición”, de simples objetos en “objets-plus”; término acuñado por Pierre Restany y que hace referencia a aquellos objetos que tienen un gran impacto en el imaginario colectivo y en los medios de comunicación, pero desligados de la producción industrial.
Así pues, si el “valor de exposición” es una de las claves para entender el trabajo de Ana Mir; otra posible clave de interpretación sería el considerar el diseño como terapia. A partir de los años 90, aunque ya existen precedentes anteriores, surgen algunos colectivos de artistas (formados mayoritariamente por mujeres) que utilizan el arte como terapia para curar culturalmente algunas enfermedades sociales; este fenómeno coincide con la consideración del cuerpo como lugar de prácticas artísticas y generador de polémicas sobre las fronteras entre lo íntimo y lo público, entre los conceptos de masculinidad y feminidad, sobre el cuerpo artificial, y sobre lo socialmente considerado impúdico y abyecto. Recordemos los trabajos de Lygia Clark, Sophie Calle, Jana Sterbak, Cindy Sherman, Janine Antoni... Ana Mir sintoniza con esta generación de artistas que parte del presupuesto de que el arte y el diseño no pueden ser concebidos en términos de asepsia formal, sino como un lugar donde enfrontarse con el sexo, donde explorar los estereotipos y tabúes relacionados con el cuerpo, y donde reflejar las contradicciones de una sociedad aparentemente floreciente y confiada pero de existencias individuales frágiles e inseguras. De este modo, el diseño se convierte en una terapia que transforma nuestra percepción de la realidad, especialmente de nuestra realidad más próxima, la ligada a nuestro cuerpo, y nos ayuda a una mejor comprensión de ésta.
Victor Juan Arrufat